miércoles, 12 de junio de 2013

 Corriendo buscó una hoja de papel en blanco, se apresuró a buscar un bolígrafo que no tuviera la tinta seca - cómo parecían tener la mayoría de los que encontró; justo la única vez que los quería y necesitaba de verdad- hasta que dió con uno. Se sentó y recogió su pelo en una coleta alta cómo hacía siempre que iba a escribir. Pensaba que así no se entretendría jugando con algún mechón o que quizás vería todo mas claro. Aunque esta vez estaba segura de que lo tenía. Tenía claro lo que tanto tiempo, aún sin haber estado buscando, había esperado encontrar. Después de unos meses de sequía sentía que tenía dentro las palabras que humedecerían en tinta el folio, volvería a disfrutar bailando con las letras e inventando historias de universos paralelos que podría construir ella a su parecer. "Veamos" se dijo. Parpadeó un par de veces y de repente sintió una sensación extraña. Muy extraña. No sabría definirla bien pero si tuviera que arriesgar diría que fue como haber estado corriendo con infinitas ganas hacia un punto fijo y de repente sentir la tirantez de algo que nos frena tirando de nosotros fortísimamente hacia atrás; que nos para en seco pero para salvarnos porque cuando nos ha soltado y hemos perdido toda la velocidad nos damos cuenta de que hemos quedado a escasos palmos de un precipicio profundo y sobrecogedor.
Así que se quedó allí con la vista apuntando al folio pero pérdida. Fue cómo si su foco de atención se hubiese desvanecido; no se movía ni un solo pensamiento o sensación dentro de ella pero tampoco prestaba atención a un mísero detalle del exterior. Quizá aquellos minutos murió. Su vida se escapó por unos escasos instantes entre los poros para arrepentirse al poco y volver atrás. El caso es que volvió. Menudo golpe despertar de aquella paz. Cerró los ojos inmediatamente como reacción a la realidad, como si al no ver fuese a dejar de existir todo. Poco a poco se fue percatando de todo lo que seguía allí. El papel en blanco, el bolígrafo y esa sensación que le hacía creer que había dado con la respuesta. Creía haber encontrado de nuevo el comienzo de ese hilo que una vez había tirado de ella, guiándola por un camino que enterrado en ella le llenaba de imaginación. Hasta que de repente comprendió qué estaba pasando, qué le estaba pasando. No había encontrado un libro repleto de todas las palabras que con esa musicalidad le darían magia a sus historias, no tenía las ideas más brillantes y sobrecogedoras que sacarían lágrimas hasta de las piedras. No. Algo mucho mejor y mas prolífico: había encontrado de nuevo las ganas. Las ganas de soñar, de imaginar, de crear y de emocionar(se),
¿Qué le había guiado hasta esas ganas? Quizá que aquel era su primer día de libertad, acababan las clases y por fín, tenía tiempo para soñar. Quizá que había vuelto a encontrar la belleza de las palabras, habían vuelto a llevarla con letras a ese mundo que tanto había huído y que ya a penas recordaba. Había vuelto a tener esa sensación de que escribir puede evadirte por completo de este mundo y hacer que hasta el más grande de tus problemas se te pierda entre las sábanas. Había encontrado de nuevo esa placentera sensación.
Pero entonces ¿qué había pasado en esos instantes que había quedado perdida? Recordó entonces que así no podía hacerlo. ¡Qué tonta había sido!, para escribir, era obligatorio: cerrar los ojos primero.