lunes, 2 de julio de 2012

Seremos eternos.

Esta noche ven, quiero contarte. Que a falta de papel siempre nos quedará la piel. Vamos a tatuarnos escalofríos y susurrarnos al oído. Voy a dibujar caricias en tu espalda y pintar un futuro que quizá no llegue a más que a la mañana del mañana. Que voy a unir todos tus lunares para que las constelaciones te atrapen y no dejen que te muevas. Tan solo lo hago por si las promesas no son suficientes, para retenerte. Pero tranquilo, que también podemos emborrachamos. De palabras. Y ebrios, esta noche, pronunciemos locuras. "Te ahogaré en letras, por desorientarme con tu retórica." -bromeas. Y te grito entre risas que ya no he vuelto a tener ese nudo - con ene de negligencias- en la garganta al dejarte entrar esta noche. Esta noche he sentído que mis ojos escupían lágrimas - con ele de locura, de libertad.- Pero lágrimas de felicidad. Por que has vuelto y se que no te voy a dejar marchar. No esta vez. Esta noche vámos a celebrar que has vuelto, vamos a emborracharnos y te voy a recitar palabras de bienvenida. Pero hoy quiero marcar los versos con tinta, y los besos también, si me dejas. Adiós al grafito y a la inseguridad que represnta. Esta noche quiero prometerte que jamas volveré a dejarte marchar. Y lo dejo escrito aunque sea en tu piel, para que ni si quiera el tiempo lo pueda borrar. Esta vez seremos eternos.
Me gustaba despertar 45 minutos antes que tú, ver amanecer y luego escribir en aquella máquina que mi abuelo me regaló. Hasta que tu despertabas exáctamente cuando yo ya no tenía más que contarle al papel y entonces todo; el amanecer que me despertaba, los pájaros cantando, el soniquete de las teclas y el recuerdo de la noche anterior, todo eso recobraba su sentido al verte retorciendote entre almohadones y legañas. Te preparaba el desayuno y no comprendía como podías soportar el sabor del café amargo. Paseabamos y agarraba instintibamente tu mano, imaginándo por un momento que hubiése sido de mí si no te hubiese encontrado.

Perfección. Desde la cascada rubia que deslizaba por tu espalda, hasta los tobillos que se enredaban cada mañana en las sábanas. Eras perfecta en cada movimiento, en cada gesto y en cada palabra que pronunciaban las comisuras de tus labios. Eras utopía ante mis propios ojos. Pero a pesar de no existir (tú jamás podrías ser verdad), eras un mecer de las estrellas en la noche. Eras misterio y tus ojos profundos las ventanas de un mundo. Tu mundo. Cada mañana tus muñecas bailaban en aquella maquina de escribir antigua y tus dedos marcaban el paso al son de un dos por cuatro, al compás del cantar de los pájaros que despertaban enojados exáctamente siete minutos más tarde que tú. Me encantaba despertar y atender a aquel rutinario espectáculo matutino, que jamás se me hacía aburrido ni monótono. Y justo cuando se te acababan las palabras, yo me retorcía en la cama disponiéndome a comenzar el día. Preparabas el desayuno y me ponías esa indescifrable mueca al verme beber café. Paseabas inocente y tenías repentinos impulsos en los que me agarrabas la mano fuertemente, como si yo pudiera perder la cabeza y dejarte marchar algun día. Observabas como jugaban los pequeños en el parque con mirada de anhelo, de aquel tiempo perdido que se te esfumó entre las manos. Y cada noche guardabas en un cajón tu cordura y te desenvolvias entre trapos y jolgorios. Y tu locura me embelesaba. Bendita locura. Eras como un sueño. Eras mi quimera hecha realidad.