lunes, 2 de julio de 2012

Me gustaba despertar 45 minutos antes que tú, ver amanecer y luego escribir en aquella máquina que mi abuelo me regaló. Hasta que tu despertabas exáctamente cuando yo ya no tenía más que contarle al papel y entonces todo; el amanecer que me despertaba, los pájaros cantando, el soniquete de las teclas y el recuerdo de la noche anterior, todo eso recobraba su sentido al verte retorciendote entre almohadones y legañas. Te preparaba el desayuno y no comprendía como podías soportar el sabor del café amargo. Paseabamos y agarraba instintibamente tu mano, imaginándo por un momento que hubiése sido de mí si no te hubiese encontrado.

Perfección. Desde la cascada rubia que deslizaba por tu espalda, hasta los tobillos que se enredaban cada mañana en las sábanas. Eras perfecta en cada movimiento, en cada gesto y en cada palabra que pronunciaban las comisuras de tus labios. Eras utopía ante mis propios ojos. Pero a pesar de no existir (tú jamás podrías ser verdad), eras un mecer de las estrellas en la noche. Eras misterio y tus ojos profundos las ventanas de un mundo. Tu mundo. Cada mañana tus muñecas bailaban en aquella maquina de escribir antigua y tus dedos marcaban el paso al son de un dos por cuatro, al compás del cantar de los pájaros que despertaban enojados exáctamente siete minutos más tarde que tú. Me encantaba despertar y atender a aquel rutinario espectáculo matutino, que jamás se me hacía aburrido ni monótono. Y justo cuando se te acababan las palabras, yo me retorcía en la cama disponiéndome a comenzar el día. Preparabas el desayuno y me ponías esa indescifrable mueca al verme beber café. Paseabas inocente y tenías repentinos impulsos en los que me agarrabas la mano fuertemente, como si yo pudiera perder la cabeza y dejarte marchar algun día. Observabas como jugaban los pequeños en el parque con mirada de anhelo, de aquel tiempo perdido que se te esfumó entre las manos. Y cada noche guardabas en un cajón tu cordura y te desenvolvias entre trapos y jolgorios. Y tu locura me embelesaba. Bendita locura. Eras como un sueño. Eras mi quimera hecha realidad.




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