Tienes el poder de hacer que todo cambie."-le dije. O pensé. No lo se. Hacía tiempo que ya no distinguía entre lo que era ensueño y lo que era realidad. Ya no sabía si realmente estaba allí junto a él o si no era más que uno de los miles deseos que yo había confinado y proyectado allí en la cuna de mis párpados. Como cuando me acurrucaba en mi manta y veía como en una película pasar todos los recuerdos ante mí.
A veces se quedan grandes las cosas para entenderlas, nos hacen sentir pequeños. Y todo se desenfoca, te desorienta, te desestabiliza. Te sientes tan perdido. No necesariamente para mal. Pero te das cuenta, cuando pasan cosas grandes, de que no eres más que una pequeñísima pieza en el destino. De que en tu mundo puedes ser todo pero que hay ciertas cosas que te manejan a ti y no tú a ellas en la vida, de puertas a fuera. Sin embargo, cuando estaba contigo, vivía una locura, bendita y divina locura, en la que no era recomendable preguntarse el por qué de las cosas o te volvías loco. Todo era tan nuevo, era tan complejo el que pudiera encajar a la perfección. Sin embargo tú tenías el poder de hacer que todo cambiara: mis reglas, mis normas y hasta mis dudas y miedos. Tu parecías entender todo aquello y parecías apreciarlo como un juego del destino. Quizá, por eso, me sentía tan protegida en tus brazos. Porque te veía grande, te veía a la altura de entender las cosas, de controlar las situaciones por muy remotas de sentido que fueran.
No se si llegué a ponunciar aquellas palabras, casi con esa duda que me embarga a veces de que ni siquiera tú existas. Pero se que en mis ojos puedes leer que hay algo grande, algo que que se me queda grande para expresarte con palabras. Y que sepas eso, que sepas que gracias a ti vivo en un ensueño es todo lo que necesito que comprendas.
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