miércoles, 28 de diciembre de 2011

Amante de un cobarde.

Aquella noche de domingo se sentó frente al papel en blanco y comienzó a escribir, no sabía bien por dónde empezar porque ni siquiera sabía donde comenzó todo. Tampoco sabía que era exactamente aquello que sentía pero tenía claro que quería sacarlo fuera. Dejarlo en un papel como si en verdad lo sacases de si misma y fuese a dejar de doler.
Ella no tenía nada claro, ni un solo principio que no hubiese roto ya al que se pudiese aferrar y hacer las cosas porque un día se propuso que lo haría así. Estaba vagando, sin rumbo fijo, sin dirección. No es que no tuviese ideas claras, es que no le quedaba ni una sola idea de que se debía hacer, de como debía sentirse, de que manera debía reaccionar ante todo. Y, si, lo llamó 'todo' fue por que no supo que otro nombre darle, porque era algo que se se había echo presente en ella a cada golpe del segundero. Ya no hacía nada sin pensar(lo), sin sentir(lo).
Pero lo que un día llamó amor en estado puro hoy se había deteriorado y dejaba asomar brotes de odio contenido. Muy a su pesar, algo dentro le había hecho dudar de que todo fuese real, la rabia de sentir tanto sin que el actuase del mismo modo le había hecho tomar aquella decisión. Aquella misma noche le escribiría una carta narrando el dolor que ella sentía, la necesidad de lo imposible que la amargaba cada noche, la impotencia de querer no querer y seguir amando más que a nada.
Palabra por palabra dejaba salir cada sentimiento, y puso punto final narrando como él mató su alma aquella noche de Noviembre a la vez que se mataba a sí mismo.
Corrió las calles empapando su cara en lagrimas y dejó bajo su lápida aquella carta que la lluvia empapó a su vez haciendo que la tinta se corriese.
'Yo tuve en mi amor suficiente para querernos a los dos y ahora que no lo necesitas te lo has llevado contigo'- dijo ahogandose entre lágrimas, callendo rendida sobre la tumba.

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