miércoles, 19 de diciembre de 2012

Nuestro clanDestino

Desde un principio fuimos algo así como una euforia contenida. Estabamos hechos de gritos ahogados y sonrisas condenadas a quedarse confinadas en las cosquillas, acariciando las costillas. Hechos de los besos que nunca dimos y las palabras que no dijimos, que quedaron para siempre allí en las antípodas de nuestra piel, bajo esas fronteras que nos separaban de un mundo que jamás nos entendería. Al menos no daba señales de ningún día cercano en el que fueran, de una maldita vez, a aceptar lo que eramos, lo que queríamos ser.
Pero teníamos nuestro propio lenguaje y, sin que nadie entendiera, bebías de mis ojos mientras yo me volcaba en el vacío de los tuyos y me perdía en ti, y buscaba respuestas y anhelaba encontrarte. Nos adivinabamos con secretos que a nosotros nos sonaban a voces, nos chillaban en el oído. El uno al otro nos pronunciabamos sin llegar a posar jamas el nombre sobre nuestros labios. Siempre con miedo, siempre con duda.

 Siempre invisibles e imposibles para los demás.
Prisioneros del temor clandestino, de andar cada noche de puntillas y colarse por las puertas que chirrían. Dueños de la culpa, esclavos del silencio.
Para nosotros la noche siempre fue el abrigo y cada vez que se encaramaba el sol al horizonte y se preparaba para volar alto comenzaba la huída. Corríamos en direcciones opuestas sin haber deshecho los lazos que nos unían, y dolía tirar, dolían los grilletes en los tobillos y las ganas en el pecho. Ganas de abandonar todos los cometidos, de quedarnos allí juntos. Siempre fue abrigo la noche, manta de estrellas. Quizás porque bajo la luz de la luna solo se ve a quién realmente tienes cerca, tal vez porque la oscuridad es la más grande de las intimidades. Porque estando en las sombras todos dejamos de observarnos desde los balcones y comenzamos a sentirnos escondidos y en rincones.

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