Abogada defensora del diablo. En cierto modo siempre me gustó nadar a contra corriente. Dar una vuelta de tuerca más. No por nada, simplemente no creo en el blanco y el negro, y si tienes algo claro ya me encargo yo de encontrarle un pero.
Detesto a la gente que lo tiene todo muy claro, que nunca duda. Y sin embargo, nada me inspira más admiración y respeto que aquellos que están seguros de sí mismos. Pero lo están porque pueden, porque están llenos de cicatrices. Porque durante mucho tiempo escupieron preguntas y no descansaron hasta encontrar respuestas.
No me verás flaquear, no me verás dando pena, ("no dejes que el enemigo vea el color de tu sangre"); pero si te acercas y me escuchas, te diré muy bajito al oído que yo tampoco tengo ni puta idea de la vida.
Y que eso me parece genial.
Para mi detrás de la tristeza que sentimos siempre se esconde una certeza. La incertidumbre, las dudas, todo eso es lo que mantiene viva la esperanza.
He cambiado de mentalidad, ¿sabes? Ahora sólo busco equivocarme mucho de joven para saber mucho cuando vieja. ("Estamos en la edad de equivocarnos"). Sí. Porque lo que no es normal es que la palabra preferida del vocabulario de una niña fuera "equilibrio". Ahí justo antes de "armonía". Me dí cuenta de que la paz interior siempre había estado sobrevalorada. Todos tenemos esa puta necesidad de sentir algo alguna vez. Aunque sea el dolor rasgando por dentro. Cualquier tortazo que nos haga reaccionar y decir, joder, que estoy aquí, que estoy vivo.
Tambalearse.
Experimentar.
Ensayo y error.
Fallar.
Fallar mucho y que duela bastante. Porque a partir de ahí todo tiene que ir a mejor, (y resuena en mi cabeza ese famoso "enhorabuena, estás a un paso menos de tocar fondo").
Cómo ese pasillo de casa, que has recorrido mil veces de madrugada pero en el que ya no te chocas, porque ya te lo sabes.
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