jueves, 6 de febrero de 2014
Belleza para ella eran las grietas, las cicatrices. Acariciar la hérida era como bailar sobre unos tobillos debiles: inquietante. Las palabras, la música y los vestidos; todo lo que llevase una historia escrita era capaz de congelarla. Los rotos, los pedazos, las ruinas. Todo lo que produjera algo así como lástima mirar, todo eso era lo que le hacía sentir viva. De algún modo, amaba esa manera en la que el amor dejaba huella tras su paso y alteraba lo que un día fué algo sólido. Quizá por no haber sido capaz ella misma de cambiar la historia, de quedar grabada en alguna memoria. Solo aquello que tenía el poder de destruir era hermoso. Y el mar, impasible, fue su religión. Porque fluye, permanece, prevalece. Intento clavarle un cuchillo y se amoldó, se recogió a su alrededor y lo ahogó. Le robó la fuerza. Ella hincó las rodillas en la arena y gimió. Y el mar implausible, la meció sin más. Durante horas la acurrucó y le perdonó aquel intento desquiciado. No surtió ningún efecto, porque cuando estamos dolidos si nos confrotan nace y crece nuestra rabia, pero si nos compadecen, entonces solemos explotar en sollozo. Y a ella le destrozó, le hizo sentir debil y luego con el debil murmullo del rebramar susurrandole al oído: la enamoró.
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