jueves, 16 de junio de 2011
El calor era evidente, pero dentro de ella aún era invierno.
Llevaba una coleta alta y sus gafas puestas, había cambiado su anillo de dedo y en vez de atar sus cordones los había arrugado dentro de las zapatillas. Estaba nerviosa. Llevaba coleta alta para que el pelo no le molestara y había pensado que no le daba tiempo a atar sus zapatillas antes de salir de casa. Pero llegó diez minutos antes de lo que debía.
Noté como había mordisqueado su uña.
-Siéntate, por favor.
A partir de ahí, todo lo que sucedió después, las dos horas que transcurrieron antes de que ella marchara de nuevo- cómo cada Jueves a las 7:30- bueno, digamos que ese tiempo ella habló y yo escuché.
Dos horas durante las cuales palabras salían de su boca como prisioneras que llevaban demasiado tiempo encerradas. Dos horas en las cuales comprendí su prisa por llegar a verme y esque no era solo verme, para ella yo era un pozo donde vaciaba todo lo que llevaba dentro, todo lo que acumulaba cada semana, día tras día. Todo el odio que se tragaba, el sufrimiento que no expresaba... lo vaciaba cada tarde de Jueves allí conmigo. No necesitaba más que sentarse allí y ver como yo la escuchaba, como sus lágrimas podían resbalar por sus mejillas sin ser judgadas antes de llegar al suelo. Para ella la mejor terapia era un silenció como respuesta. No quería escuchar opinión alguna sobre lo que ella tenía que decir, solo quería ser escuchada.
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