viernes, 10 de junio de 2011

La libertad se llama Carla


Carla era una pequeña luz, que nunca se apagaba. Ella tenía un mundo interior, de allí supuse que sacaba todos los secretos de su felicidad. Carla siempre llevaba una sonrisa puesta en la cara como si sus dientes se trataran de medallas y trofeos que, orgullosa, quería enseñar. Carla nunca estaba triste, nunca. Me confesó que el secreto para esto era apreciar lo bueno que tenía el mundo y disfrutarlo como si fuese tuyo. Carla cuando el mundo tuviese una mancha o algo que no fuese digno de ver, salía corriendo, se escabullía entre la multitud y regresaba a aquel mundo interior en el cual se escondía del espantoso exterior. Carla se ponía tacones para hacer sonar sus pasos y daba carmin a sus labios para que sus besos quedaran marcados. Ella bailaba por la calle al ritmo de la música que producían sus propias cuerdas vocales. Carla era la definición de libertad. De no ser de nadie a la vez que nos regalaba un poco de ella y de su felicidad cada día.

Dicen que siempre no es para siempre, y ese siempre que todos esperamos que Carla estuviera con nosotros acabó poco antes de llegar al para siempre. Carla se fue; quiso hacerse sonar en otra parte o esconderse de todos a los que algun día había llamado. Fuera cual fuese el motivo, se fue y tuvimos que aprender a ser sin ella. Aprendimos que hay que disfrutar de las cosas y personas que se te cruzan en la vida sin llegar a depender de ellos. Que tanto la libertad de Carla, como las personas (como Carla) vienen y van pero que al final, al fin y al cabo nosotros seremos los únicos que estaremos aquí siempre y para siempre.

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